Aioros ahogó un bostezo, mientras se apretujaba en su chaqueta. Su mirada se perdió a lo lejos, en las oscuras figuras que dibujaban el contorno del bosque, y en el resplandor de las hogueras que iluminaba tenuemente aquella noche de enero. No tenía muy claro que hora era, pero sabía que había abandonado Sagitario a hurtadillas un par de horas entrada la madrugada… y ya llevaba un buen rato esperando allí.
Se llevó las manos a la boca, y trató de calentarlas con la calidez de su aliento, pero el consuelo fue demasiado fugaz para su gusto. Chasqueó la lengua, y continuó con la rutina que había adoptado durante su espera. Lanzó un guijarro, e hipnotizado, contempló el tortuoso descenso de la piedrecita por las escaleras. No había mucho más que hacer en las escaleras de Tauro a aquellas horas, después de todo. La noche era sumamente oscura y fría, luna nueva al parecer. ¡Nunca se le hubiera ocurrido salir así del templo si Saga no le hubiera despertado en mitad de su sueño hablando con su cosmos!
Ahora, no podía sino preguntarse dónde demonios estaba ese par, y porqué estaba él allí, solo, en mitad de una gélida noche… jugándose ser descubierto por Orestes.